Informe número 30 – El Santo Sepulcro

Sigo con la serie sobre los Cristianos en Jerusalén pero ahora con un poco de turismo temático…
Esta vez sobre algunos de los principales Lugares Sagrados para los Cristianos. Entre los más significativos en Jerusalén se cuentan la Vía Dolorosa, el Cenáculo y la Basílica del Santo Sepulcro.

Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén:

Desde el punto de vista litúrgico Cristiano, la Semana Santa es el período que transcurre desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección y es de intensa actividad dentro de la Iglesia, por ser la Semana en la que se hace un memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. El Santo Sepulcro es el lugar donde, según los Evangelios y las diferentes Iglesias Cristianas, entre el año 30 y 33 ocurieron la crucifixión, entierro y resurrección de Jesucristo, y por ello es centro de culto de toda la Cristiandad.

El Santo Sepulcro tiene un gran significado religioso además, pues se trata de la primera Iglesia. A la Basílica del Santo Sepulcro, también se la conoce como la Basílica de la Resurrección o de la Anástasis (en griego, Resurrección). Esta Basílica ha sido un importante centro de peregrinación desde el siglo IV. Entre los más célebres peregrinos es de mencionar: Santa Elena, San Jerónimo, la peregrina Eteria, San Francisco de Asís, San Luis Rey, Marco Polo, San Ignacio de Loyola, el obispo de Córdoba Fray Mamerto Esquiú en 1876, el Papa Pablo VI, el Papa Juan Pablo II… Hoy día alberga la sede del Patriarca Ortodoxo de Jerusalén.

Seis confesiones (Ortodoxa Griega, Católica Romana Latina representada por los Franciscanos, Ortodoxa Armenia, Ortodoxa Copta, Ortodoxa Siria jacobita y Ortodoxa Etíope), se han repartido la custodia sobre la Basílica del Santo Sepulcro. Todos velan celosamente las capillas, las lámparas y las limosnas.


Hoy en día está ubicado dentro de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en el Barrio (árabe) Católico. En epoca de Jesucristo esta zona era una especie de jardín, muy próximo a la muralla Herodiana de la ciudad de Jerusalén, e incluso comunicado con ella por una calle, pero extramuros, ya que las normas judías prohibían los entierros intramuros, salvo para el caso de los reyes.

Por la huellas de producción de herramientas de piedra y la red de cavernas que se pueden observar, el lugar fue probablemente una cantera, sitio apropiado para la construcción de tumbas, una actividad muy normal en la época.

Según los Evangelios, antes de la muerte de Jesucristo el sitio era una tumba ya habilitada como tal, pero no utilizada todavía, propiedad de un rico judío seguidor de Jesucristo llamado José de Arimatea. Se trataría de un hueco cavado en la roca, que podía taparse con una gran piedra reservada al efecto, para que rodara o se deslizara hasta cerrar la puerta del nicho.

La roca o monte donde se produjo la Crucifixión, fue llamada originalmente Gólgota (en arameo, Golgotha, «calavera»; en hebreo, golgolet, «cráneo»; en griego kranion, «cráneo») y luego Calvario (en latín, calvaria, «calavera»). El nombre, «Gólgota», probablemente se refiere a la semejanza de la forma de las rocas de la zona, como se puede comprobar hoy en los paisajes desérticos del Mar Muerto.

El Gólgota y la Tumba están a unos pocos metros de distancia y entre ellos se encuentra la Piedra de la Deposición, o de la Unción, lugar en donde según la tradición, el cuerpo de Jesucristo después de ser bajado de la cruz, fue preparado para ser enterrado – San Mateo 27, 59.

Una de las versiones sobre el primer anuncio de la Resurrección de Jesucristo, según Los Evangelios, es el momento en que las mujeres que iban a ungir su cadáver con especias aromáticas — María Magdalena, María (madre de Santiago el menor) y Salomé (madre de Santiago y Juan) — se encontraron con la piedra desplazada, y el nicho expuesto y vacío.

La destrucción de Jerusalén efectuada por los romanos para reprimir la primera gran rebelión del pueblo judío, trajo la ruina a lugares importantes de la antigua ciudad, que fue puesta bajo control de los paganos. Si bien los primeros cristianos, siguiendo una interpretación profética de Jesucristo (Lucas 21, 20-22), huyeron hacia Petra (Jordania) antes de la destrucción, los mismos dejaron por escrito en Los Evangelios la descripción del lugar de la Crucifixión y de la Sepultura: San Mateo 27, 33; 57 – 61; San Marcos 15, 22; 42 – 47; San Lucas 23, 33; 50 – 55; San Juan 19, 17; 38 – 42.

De todas maneras, por casi 250 años no hubo presencia cristiana en el lugar. Los romanos cambiaron el nombre de Jerusalén por Helia Capitolina con el fin de hacer de la ciudad un énclave exclusivamente greco-romano, prohibieron el ingreso de los pueblos semitas y construyeron lugares de culto pagano en donde estaban el Templo de Jerusalén. En el Santo Sepulcro de ese entonces estaba erigido el culto pagano a la diosa romana Venus, construido por El Procurador Romano Adriano, hacia el 135 d.C.

Constantino, emperador romano (306-337), quien refundó la ciudad de Bizancio (actual Estambul, en Turquía), llamándola Constantinopla (Constantini-polis; la ciudad de Constantino) ordenó erigir en el año 326 la Basílica del Santo Sepulcro en el lugar prescrito por la tradición.

La emperatriz Elena, madre del Emperador Constantino (ya convertidos ambos al cristianismo), había acudido a la ciudad tras escuchar el informe presentado por Macario, obispo de Jerusalén, sobre el lamentable estado en el que se encontraban los Santos Lugares descritos en los Evangelios y decidida a mejorar personalmente la situación. Tenía también el propósito de localizar la cruz de la ejecución de Jesucristo. Constantino había empezado a utilizar el signo de la cruz, y a considerarlo presagio de victoria.

Elena, tras fracasar en la búsqueda de la cruz, o como parte de ella, inició la del Sepulcro. La tradición cuenta que al destruir el templo pagano para aislar el Calvario e iniciar las nuevas edificaciones aparecieron también tres cruces, una de las cuales necesariamente habría de ser la Vera Cruz o auténtica cruz del martirio de Cristo. Leyendas describen el prodigio que permitió identificar la Vera Cruz, casi siempre basadas en que una de las cruces producía curaciones milagrosas, y las otras dos no.

En realidad, poco queda hoy de lo que fue el escenario original de la sepultura de Jesucristo que habia sido en una cueva, pues en el siglo IV los arquitectos a los que Constantino encargó la construcción de la Basílica, demolieron prácticamente casi todo el emplazamiento del monte para edificar el Santo Sepulcro. Los constructores cortaron y eliminaron toda la parte anterior a la tumba para aislar el espacio de ésta, con la intención de que pudiera quedar en el centro del majestuoso edificio.

La visita a la actual Basílica del Santo Sepulcro revela poco de la estructura bizantina original. La espléndida belleza y riqueza de la era posterior a Constantino se desvaneció en el año 614, cuando Jerusalén fue conquistada por el comandante persa Romizanes, quien destruyó la mayor parte de la ciudad. Quemó el Santo Sepulcro, casi todas las iglesias cristianas fueron arrasadas, las reliquias robadas y más de 30.000 personas muertas y enterradas en una cueva en Mamila.

La iglesia fue parcialmente reconstruida luego por el Patriarca Modesto, dañada por el terremoto de 808 y sus daños fueron reparados en el año 810 por el Patriarca Tomás. La iglesia fue luego incendiada en el año 841. En el año 935 los cristianos consiguieron superar los persistentes intentos de los musulmanes para construir una mezquita adyacente a la Basílica que luego volvió a ser incendiada por los Musulmanes en el año 938. La Basílica fue incendiada una vez más en el año 966 como venganza por la guerra perdida por el ejército Musulmán en Siria.

En el año 1009, el Califa Fatimita de Egipto, al-Hakim explícitamente ordenó la total destrucción del Santo Sepulcro. La tumba de Jesucristo y todo el templo que construyera Constantino, fueron saqueados y destruidos. Durante once años se les prohibió a los cristianos se les permitió rezar en las ruinas y tampoco visitar el lugar. Solamente años más tarde, los cristianos pudieron reconstruir su santuario en ese mismo sitio. Esto fue posible gracias a un tratado de paz entre el emperador Bizantino Argirópulos y el sucesor de al-Hakim, en el que la reconstrucción del Santo Sepulcro estuvo estipulada.

Las obras se realizaron en dos etapas. Entre los años 1030-1048 el emperador bizantino Constantino Monómaco incorpó construcciones de estilo bizantino. Se construyó la “Rotonda” alrededor de la Tumba de Jesucristo y un patio abierto rodeado de arcadas.

Luego, en el año 1099 los Cruzados conquistaron Jerusalén con la intención de devolver su esplendor al Santo Sepulcro. Entre 1099-1149 los arquitectos cruzados unificaron las construcciones bizantinas existentes en el área de la Rotonda, el Gólgota y el patio, y por sobre la Tumba de Jesucristo agregaron cúpulas, campanario y el pórtico de entrada al Santo Sepulcro.

En el año 1119 la Aedicula (de la arquitectura funeraria: frontón ubicado a la entrada) fue completamente reconstruida por el escultor boloñés Renghiera Renghieri. Fue durante ésta reconstrucción, que el vestíbulo de la Tumba fue añadido (previamente había sido sacado durante la construcción de Constantino). La nueva construccion, exponente de estilo Arte Románico, fue inagurada en 1149 celebrando el jubileo de la conquista de la ciudad.

La mayor parte del edificio actual es resultado de la reconstrucción y ampliación cruzada del siglo XII. Las actuales columnas y pilas de la Rotonda son copia aproximada de la forma y el diseño originales del siglo IV, pero con la mitad de su altura.

En el año 1188 Jerusalén cayó ante el Ejército de Saladino. Cuando las fuerzas islámicas recuperaron el control de la Tierra Santa, el Santo Sepulcro, si bien no fue arrasado, quedó desposeído de su esplendor y sus mármoles fueron destinados para construir mezquitas y palacios. La Basílica del Santo Sepulcro fue cerrada y nadie podía oficiar en ella. Los cristianos obtuvieron permiso para usarla solamente durante el cese del fuego de 1192 y 1229.

En el año 1244 muchos cristianos murieron durante las invasiones musulmanas y el edificio del Santo Sepulcro fue considerablemente dañado. Un posterior acuerdo entre el Sultán Ajub en 1246 con el Papa Inocencio IV determino que las llaves de la Basílica sean entregadas a dos familias musulmanas, quienes se encargarían que abrir las puertas a los peregrinos que llegaran al lugar. Durante siglos estos Guardianes de las Llaves del Santo Sepulcro abrían la Basílica sólo en ciertos días y después de recibir una compensación adecuada.

Aunque parezca extraño, los sucesivos roces entre las diferentes congregaciones que custodian el Santo Sepulcro (entre Ortodoxos Griegos y Católicos Romanos Latinos; entre Ortodoxos Coptos y Ortodoxos Etíopes) han perpetuado la necesidad del acuerdo con los Guardianes Musulmanes de las Llaves del Santo Sepulco de hace ocho siglos y por ello sigue aún vigente hasta hoy en día, si bien la Basílica esta abierta a todos los visitantes, sin ninguna limitación.

En el año 1545 un terremoto sacudió el campanario y una parte cayó sobre el baptisterio. En 1555 el Padre Boniface de Ragusa, Custodio de Tierra Santa, obtuvo el permiso de restaurar partes de la Basílica y renovar por completo la Aedicula. Ésta era la primera vez desde 1009, cuando la tumba fuera destruida bajo los martillos de los soldados de al-Hakim, que la roca desnuda de la Tumba fue de nuevo vista por ojos humanos.

El Domingo de Ramos de 1757 los Ortodoxos Griegos entraron a la Basílica del Santo Sepulcro y crearon un caos, acusando a los “frailes de la cuerda” (como en un principio se les conoció a los Franciscanos, custodios del Santo Sepulcro desde el decreto otorgado por el Sultán Barquq, 1382-1399), de toda clase de intrigas. La gobernador Otomano, sin más averiguaciones, entregó un decreto a los Ortodoxos Griegos dándoles la posesión conjunta con los Latinos, de partes de la Basílica del Santo Sepulcro.

A pesar de las reclamaciones del Papa Clemente XIII a todos los Poderes Occidentales, el decreto siguió en pie y la posesión de los Santos Lugares ha tenido cambios leves desde entonces hasta hoy.

En el año 1808 un incendio destruyó la estructura de la época de las Cruzadas. El espacio que ahora visitamos es en realidad un sepulcro de mármol del siglo XIX, levantado sobre el suelo de la Tumba original. En cambio, la roca del Calvario, el sitio donde fue crucificado Jesucristo, ha permanecido intacta hasta hoy.

Quizás nunca a lo largo de su historia, la iglesia del Santo Sepulcro había caído en tal grado de humillación como ocurrió en el siglo XIX. En 1810 Komninos de Mitilena presentó su restauración, en la que no quedaba nada o al menos nada visible de la Basílica construida en el siglo XII por los arquitectos de los Cruzados. Uno entraba a un lugar sin belleza, sin luz ni aire. Grandes pilares habían reemplazado a las columnas, las ventanas se habían cerrado, simples paredes tapaban los hermosos arcos de ojivales de la nave central, el lugar de culto de la Tumba se veía completamente reconstruido en un estilo dudoso. Las tumbas de Godofredo de Bouillon y de Balduino I se sacaron para dar lugar a dos empinadas escaleras que subían al Calvario. El mármol de la Piedra de la Deposición (que llevaba el Escudo de Armas Franciscano), fue reemplazado por uno común.

La situación empeoró con los fuertes terremotos de 1867. La cúpula central, que hubo que echarla abajo, fue reemplazada por una estructura metálica. Otro terremoto sacudió en 1927 y el edificio entero estuvo al borde del colapso. En 1934 las autoridades británicas, que administraban Palestina desde el fin de la primera guerra mundial, decidieron reforzar la totalidad del edificio (por dentro y por fuera), mediante vigas de hierro y estructuras de madera. Esto desfiguró aún más la Tumba.


En 1997, al fin de la última restauración, el Santo Sepulcro respiró vida nuevamente. Los rayos de la luz del sol que pasan a través de la linterna de la cúpula, volvieron a iluminar el área.

El Milagro del Fuego Santo

El Milagro del Fuego Santo es casi desconocido en Occidente. Sólo las Iglesias Ortodoxas asisten a la ceremonia y sin la presencia de las autoridades Católicas Romanas o Protestantes.

El Milagro del Fuego Santo es considerado por las Iglesias Ortodoxas como el más grande de todos los milagros Cristianos. Tiene lugar cada año, a la misma hora, de la misma manera, y en el mismo lugar. No se conoce de ningún otro milagro que ocurra, de manera tan regular, y por un período de tiempo tan extenso. Se puede leer acerca de él en fuentes del siglo VIII.

El milagro ocurre en la Iglesia del Santo Sepulcro, cada año en el Sábado de la Pascua Ortodoxa. cuya fecha se determina de acuerdo al Calendario Juliano, y no en base al Calendario Gregoriano Occidental, lo que significa que habitualmente, ocurre en una fecha distinta a la fecha de la Pascua Protestante y la Católica Romana.

El Patriarca Griego Ortodoxo de Jerusalén entra al Sepulcro para recibir el Fuego Santo con dos velas apagadas, se arrodilla frente a la piedra, sobre la cual Jesucristo fue colocado después de su muerte y, después de rezar una plegaria que los feligreses acompañan cantando, ocurre el milagro. Una luz emana desde el centro de la piedra que después de un tiempo, enciende las lámparas de aceite apagadas, al igual que las dos velas del Patriarca. Esta luz es “El Fuego Santo”, y se propaga a todas las personas presentes en la Iglesia.

El milagro ocurre a las 2.00 P.M. pero, desde las 11.00 A.M., la Iglesia está completamente llena.
La Iglesia del Santo Sepulcro no se colma de esa manera, en ningún otro día del año. Si uno desea entrar, tiene que calcular largas horas de formar fila y cientos de personas no lograrán entrar debido a la multitud. Acuden peregrinaciones de todas partes del mundo, la mayoría de Grecia, pero en años recientes, ha aumentado el número de asistentes de lo que eran los países de Europa Oriental.

Desde las 11:00 A.M., y hasta la 1 P.M., árabes Cristianos entonan cantos tradicionales, que datan de los tiempos de la ocupación turca de Jerusalén en el Siglo XIII, un período, en el cual a los Cristianos no se les permitía cantar sus cantos en ninguna parte, fuera de las Iglesias. Los cantos, acompañados por el sonido de tambores se terminan a la 1:00 P.M. Se crea un silencio tenso por la anticipación de la gran manifestación del Poder de Dios.

A la 1:00 P.M., una delegación de las autoridades locales, atraviesan por la multitud. Estos oficiales no son Cristianos. En los tiempos de la ocupación turca de Medio Oriente las autoridades eran Turcos Musulmanes, y hoy son israelíes. Durante siglos, la presencia de estos oficiales ha sido una parte integrante de la ceremonia. Su función es la de representar a los romanos, de los tiempos de Jesús. Los Evangelios hablan de los romanos que fueron a sellar la Tumba de Jesús, para que sus discípulos no se robaran su cuerpo, y dijeran que había resucitado. De la misma manera, las autoridades actualmente israelíes, acuden el Sábado de Pascua y sellan el Sepulcro, con cera. Antes de que sellen la puerta, es costumbre que entren al Sepulcro a revisar que no haya ninguna fuente oculta que, fraudulentamente, pudiera producir el Milagro del Fuego. Tal y como los romanos estuvieron presentes para garantizar que no hubiera manipulación después de la muerte de Jesús.


Cuando el Sepulcro ha sido revisado y sellado, la Iglesia entera canta el Kyrie Eleison (Señor, ten misericordia). A la 1:45 P.M., el Patriarca entra en escena.
Al final de una gran procesión, rodea el Sepulcro tres veces, después de lo cual, es desvestido de sus vestiduras litúrgicas reales, llevando solo su alba blanca, una señal de humildad frente a la gran Potencia de Dios, de la cual, va a ser el testigo clave. Todas las lámparas de aceite han sido apagadas la noche anterior, y ahora, toda la luz artificial se apaga, de manera que, la mayoría de la Iglesia está envuelta en la oscuridad. Con dos grandes velas, el Patriarca Griego Ortodoxo de Jerusalén entra a la Capilla del Santo Sepulcro: primero al pequeño cuarto frente al Sepulcro, y de ahí, al Sepulcro Mismo.

A partir de ese momento no es posible seguir los hechos dentro del Sepulcro. Juan, el Evangelista, escribe en el primer capítulo de su Evangelio, que Jesús es la Luz del Mundo. Al arrodillarse frente al lugar donde Él resucitó de los muertos, se es partícipe de la cercanía inmediata de su resurrección. En Mateo 28,3, se dice que cuando Cristo resucitó de entre los muertos, vino un ángel, vestido de una Luz temerosa.
La Resurrección de Jesucristo, para los Ortodoxos, es el centro de su fe. En su resurrección, Jesucristo ha ganado la victoria final sobre la muerte.

El patriarca Griego Ortodoxo de Jerusalén busca su camino, en la oscuridad, hacia la cámara interna y luego de unas breves oraciones, el milagro ocurre. Desde el centro de la misma piedra, en la cual Jesucristo yació, surge una Luz indefinible. La Luz se eleva y forma una columna, en la cual el fuego es de una naturaleza diferente, por lo que se pueden encender las velas.
Una vez que recibe la Luz, el Patriarca sale con las dos velas encendidas que resplandecen en la oscuridad y gritos de júbilo resuenan en la Iglesia. Primero da el Fuego al Patriarca Ortodoxo Armenio y luego, al Ortodoxo Copto. Después, a todos los fieles presentes en la Iglesia.

Según los expertos en seguridad, la ceremonia encierra cierto peligro pues la Iglesia tiene una sola puerta de acceso y existe siempre el riesgo de incendio debido a la masa de fieles en su interior siguiendo el ritual, con lápidas encendidas. Por otra parte, en caso de incendio, los milagros pueden ayudar.

El Status-Quo de los Santos Lugares

Desde la época de las Cruzadas, los recintos y edificios de la Basílica del Santo Sepulcro se encuentran en posesión de las tres principales congregaciones: Ortodoxa Griega, Ortodoxa Armenia y Católica Romana Latina. Los derechos de posesión y uso están protegidos por el Statu Quo de los Santos Lugares, tal como lo garantizara el Tratado de Berlín de 1878. Las diversas capillas y santuarios que se encuentran dentro del edificio están guarnecidos y decorados de acuerdo con los ritos y costumbres de la comunidad religiosa que conserva los derechos de propiedad.

Los Ortodoxos Coptos Egipcios, los Ortodoxos Etíopes y los Ortodoxos Sirios cuentan también con algunos derechos y pequeñas posesiones en la Basílica del Santo Sepulcro. La Capilla Copta en la parte oeste del edículo conserva como reliquia el fragmento de una moldura de piedra de un monumento temprano, que se puede ver debajo del altar. Los ortodoxos sirios tienen una capilla en la parte oeste de la rotonda, en la que puede ser visto una parte de la pared exterior del siglo IV. Los ortodoxos etíopes cuentan con un monasterio en la azotea de la Capilla Armenia de Santa Helena, dentro de las ruinas de un claustro (galería que rodea el patio principal) y refectorio (comedor) cruzado del siglo XII.

La coexistencia de las diferentes congregaciones en el Santo Sepulco también está regulada y planificada por el Status-Quo de tal modo que a diversas horas del día y de la noche ofrecen su alabanza y oración en estos santos lugares. El Status-Quo establece como, cuando y dónde, todas las comunidades residentes comparten la hora y los espacios para las oraciones. Este código regula no sólo las principales celebraciones del calendario litúrgico, sino también los sucesos diarios, semanales, mensuales y anuales.

Los Ortodoxos Griegos celebran su Eucaristía diaria dentro de la Tumba de la 1:00 a.m. hasta las 2:30 a.m. A partir de esta hora los Ortodoxos Armenios toman su lugar. Por su parte, los Católicos Romanos Latinos (Franciscanos) continúan a las 4:00 a.m., celebran la liturgia católica romana y terminan sus servicios con una solemne Eucaristía comunitaria a las 7:00 a.m. Para sus plegarias diarias los Franciscanos usan la Capilla del Santísimo Sacramento, en donde se reúnen para las diversas oraciones de la Liturgia de las Horas, incluyendo maitines (la oración más temprana del amanecer) a las 11:45 p.m.

Apertura y Clausura de la puerta de la Basílica del Santo Sepulcro

Aún hoy el rígido código del Status-Quo establece exactamente los tiempos y la modalidad del acceso al Santo Sepulcro a través de su puerta principal. Como ya se ha mencionado, las llaves de la Basílica están hasta hoy en día en manos de dos familias musulmanas, de Judea y de Nuseibeh. Hasta 1831, la apertura y el cierre de la puerta la realizaban estas familias a cambio del pago de un impuesto pero este fue abolido ese año por Ibrahím Pasha. Solo desde entonces el acceso de los feligreses es gratuito.

La apertura de las puertas del Santo Sepulcro es por sí misma una ceremonia. Esto da una idea de las dificultades que el Status-Quo impone a las congregaciones que viven dentro del recinto.

Existen tres formas de “apertura” de las puertas: la apertura simple, la apertura solemne y la apertura solemne simultánea.

Una apertura simple consiste en abrir una de las hojas de la puerta mediante el sacristán de la comunidad que pretende abrir la puerta.

La apertura solemne consiste en abrir ambas hojas de la puerta principal: la de la derecha la abre el portero musulmán y la de la izquierda el sacristán.

La apertura simultánea y solemne se lleva a cabo cuando las tres comunidades (Ortodoxos Griegos, Armenios, Franciscanos), en el mismo día, tienen una entrada solemne (todos los sábados de Cuaresma) y para esta ceremonia, los tres sacristánes están presentes.

Este “ritual”, que parece extraño a los ojos profanos, se puede sintetizar de esta forma: desde dentro de la Basílica, el sacristán entrega una escalera al portero musulmán a través de un hueco en la puerta de la Basílica. El portero musulman entonces abre la cerradura baja y luego, con ayuda de la escalera, abre la cerradura alta. A continuación, el portero abre la hoja derecha de la puerta y el sacristán la izquierda.

La Basílica del Santo Sepulcro se abre diariamente a las 4:00 a.m. y a las 12:30 p.m., cuando no hay acontecimientos especiales.

Se cierra a las 11:30 a.m. y un cuarto de hora después de la puesta del sol. Las comunidades se han puesto de acuerdo para que al atardecer, la Iglesia se cierre entre las 5:45 p.m. en invierno y a las 8:00 p.m. en verano.

Si por alguna razón, una de las tres comunidades no quiere cerrar la puerta al mediodía, le tiene que pagar al portero musulman el equivalente a un almuerzo.

Cada atardecer, a la hora del cierre, los tres sacristánes (Ortodoxos Griegos, Armenios, Franciscanos) están presentes y acuerdan entre ellos quien tendrá el turno para abrir a la mañana siguiente. El que tiene el derecho de abrir la puerta al día siguiente, toma la escalera y la ubica en el centro de la puerta. Las ceremonias del “cierre” tienen lugar con los mismos rituales, pero con una secuencia invertida.

Hoy en dia las tres comunidades tienen privilegios especiales y derechos, tanto para la apertura como para el cierre de la puerta de la Basílica.

La comunidad Latina (Franciscanos) tiene otorgados todos los sábados de Cuaresma, la noche de Pascua, la fiesta de la Santa Cruz y las fiesta de Corpus Domini. Los Franciscanos pueden abrir las puertas a las 10:30 p.m., esto se hace para permitir a la comunidad Franciscana de San Salvador y a los fieles, poder entrar en la Basílica y reunirse con la comunidad Franciscana residente para la Solemne celebración de la Liturgia de las Horas. Entonces la puerta permanece abierta durante toda la noche.

El Jueves Santo los Franciscanos tienen un privilegio particular. A la 1:30 p.m. los dos porteros musulmanes del Santo Sepulcro van al Convento de San Salvador, sede del Custodio de Tierra Santa, y entregan la llave de la Basílica al Vicario Custodial. Éste, junto con el fraile responsable de Tierra Santa y acompañado por los porteros musulmanes, se dirigen a la Iglesia del Santo Sepulcro y le entrega la llave al Franciscano sacristán para que él mismo abra la puerta y, a continuación, realice la entrada solemne el Patriarca Latino. En ese día, solamente los Franciscanos celebran dentro de la Basílica.

Cada vez que una “apertura” extra es requerida, hay que pagar un impuesto: 8 por una simple apertura, 16 por una solemne y por una apertura solemne simultánea de cada fraternidad, la suma establecida es de dos velas largas y otros regalos….

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